Los musulmanes perfeccionaron grandiosamente las técnicas de riego, se convirtieron en los maestros de la técnica hidráulica agrícola, aprovecharon los sistemas de riego romanos que encontraron, y junto a las técnicas orientales que conocían, pudieron lograr un excepcional aprovechamiento del agua, muchas palabras de nuestro idioma que denominan objetos o sistemas agrícolas tienen origen árabe: noria (la que llora), acequia, azud, tanda, ...
Los dos sistemas de regadío tradicionales todavía vigentes en la actualidad provienen de la época musulmana, además de las canalizaciones del agua ó acequias, por las que corría el agua de los ríos o de los manantiales, sirviéndose de los desniveles del suelo.
En la utilización de las aguas fluviales emplearon los azudes o presas, y los alquezares o cortes.
Para sacar el agua de los pozos, fuentes, manantiales, o ríos se utilizaron diversos medios: la polea, el torno de mano horizontal, el cigüeñal y las ruedas elevadoras.
A partir del siglo X proliferan por toda la geografía de Al-Andalus las norias accionadas por energía hidráulica “naura”. Se destinaban a la elevación de agua, al manejo de molinos para la industria textil y la fabricación de papel.
Para captar aguas subterráneas se utilizaron pozos y, quizás lo mas conocido y relevante de las canalizaciones de agua en el mundo árabe, el famoso ganä que consiste, básicamente, en unas galerías subterráneas, perforadas aplicando técnicas de origen oriental, por las que se conducen el agua desde un pozo madre que la capta desde las capas freáticas y que esta provista de unos respiraderos o pozos de ventilación cada cierta distancia.
Lo que posibilitó la utilización de las norias para la extracción de recursos hídricos de los pozos fue sustituir la fuerza motriz del agua por la de las bestias de carga, lo que permitió accionar la máquina sin necesidad de la existencia de agua corriente.
Para la distribución del agua de regadío se desarrollaron complejas y extensas redes de acequias que subdividían sucesivamente en conducciones menores en una estructura arborescente hasta llegar a cada uno de los predios que regaban u alcanzar así grandes extensiones de regadío intensivo.
La introducción del regadío, entre los siglos VIII al X, supuso una auténtica revolución agrícola que permitió cultivar en tierras de la península ibérica productos procedentes de Oriente hasta entonces desconocidos tanto aquí como en el resto del continente europeo, posibilitando la proliferación de una diversidad de árboles y verduras espectacular para la época.
En estas tierras comenzaron a crecer granados, moreras (cuya importancia fue vital para el desarrollo de la seda), limoneros, naranjos, cerezos, albaricoques, melocotones, almendros y hasta palmeras datileras, así como verduras y hortalizas hoy consideradas tan nuestras como la berenjena, pepino, calabaza, espinaca, zanahoria, coliflor o lechuga y que se dieran cultivos tales como el arroz, el cáñamo, el lino, el azafrán o el anís, entre otros.
Así, la introducción de la técnica del regadío, que copiaba los conocimientos aplicados en los cultivos húmedos del Indostán, supuso el aprovechamiento de las lluvias y de la acumulación de agua que se filtraba y bajaba en ríos desde las montañas.
A través de la construcción de azudes, aceñas, canales, norias, acequias, albercas y aljibes se hizo posible la captación, almacenamiento, canalización y posterior distribución de agua para el riego, introduciendo también la sistematización de la tierra para la infiltración a través de la creación de bancales.